Horrores del espuriato

Escrito por  Ginés Sánchez Sep 17, 2020

Allende, Coahuila, es una población al norte de ese estado, de poco más de 20 mil habitantes, que en marzo de 2011 vivió una tragedia de proporciones dantescas, con horrores mayores a los de las más encarnizadas guerras, un comando de alrededor de 40 camionetas rodeó el pueblo y durante horas fueron torturadas, violadas, asesinadas, “levantadas” y desaparecidas más de 300 personas, entre ellas hombres, mujeres, jóvenes, niños y ancianos, familias enteras, todo por órdenes del capo Z-40 (hoy ya preso).

Todo lo anterior, por una supuesta traición al ser informantes de la DEA un par de familiares y/o gente cercana a todas estas familias masacradas en una acción parecida a la de los nazis en Lídice en la Segunda Guerra Mundial, arrasando después con maquinaria pesada decenas de casas ya vacías propiedad de las víctimas; nada se supo en su momento, ningún medio nacional se dio por enterado; después, en fechas fechas posteriores, algo salió a la luz, escuetamente, gracias a medios internacionales como El País y The Economist.

Es ahí entonces cuando muchas preguntas nos asaltan: ¿cuántos exterminios como el de Allende hubo durante el calderonato?, ¿por qué existe, todavía hoy en algunos y a pesar de toda la evidencia en contra, la creencia de que aquel sexenio (2006-2012) sí instrumentó una estrategia eficaz contra el crimen?, cuando esa administración federal sólo atraía la atención con detenciones de raterillos y sicarios de medio pelo y de cárteles contrarios al protegido y socio (cuando que no, hasta inocentes), con “enfrentamientos” que no eran más que ejecuciones extra judiciales.

Vimos desde robo de cadáveres de capos supuestamente abatidos, hasta shows y montajes y demás barbaridades para desviar la atención de la realidad, de que la guerra inútil y perdida de Felipe Calderón se había ya convertido en una crisis humanitaria, jamás vimos marchas “por los 300 de Allende”, ni intento de investigación alguna por la entonces PGR, en aquellos sucesos para las autoridades federales y para las televisoras y demás medios masivos, sencillamente nada ocurrió. De ese tamaño era la complicidad.

Ya en el peñanietismo, el hecho de que se haya quitado el tema de la violencia de los primeros lugares del discurso oficial, no quiso decir que no se tomaran acciones en ese sentido, sólo fue parte de un cambio de estrategia con un poco menos de la bestialidad heredada (violencia sólo genera más violencia) y poquito más inteligencia, de hecho, durante los dos primeros años del sexenio de Enrique Peña Nieto los índices delictivos fueron a la baja; que porque se volvieron a disparar, después de dos años, las cifras en este delicado asunto, sería materia de no pocos intentos de análisis, pero el hecho es que así aconteció, tristemente.

La guerra criminal de Calderón sólo sirvió para dejar sin cabeza a los cárteles, multiplicarlos y enfrentarlos entre ellos, diversificando muchos sus actividades en delitos en los que antes no incurrían, como el secuestro, cobro de piso, extorsión, asaltos, robo masivo de combustibles, asesinatos, etcétera, y una mucho mayor penetración del crimen a las instituciones de todos los niveles, una muestra de todo eso fue el caso Ayotzinapa, que contrario al caso de Allende, Coahuila, sí se mediatizó, y se le dio un seguimiento crítico de los medios como nunca antes, y las autoridades, entonces, simularon, ahora constatamos, llevar a cabo una investigación “como no se tenía memoria”.

El tamaño del daño de una guerra inventada para desviar la atención de una elección (2006) amañada es inimaginable e incuantificable, los hechos de Guerrero y otros tantos, que aún hoy siguen ocurriendo son sólo una muestra, ya que sólo una fracción de estos se mediatiza. n