La Jornada Guerrero - Lunes, 07 Diciembre 2020

Subió calificación, en octubre 51.6% y en noviembre a 53.1%, en la consulta Mitofsky

Entre los mandatarios priístas se ubica en el tercer sitio; lleva 12 meses en ascenso de posición

En octubre de 2019 obtuvo su puntuación más baja: 27.5%,  ubicándose en el puesto 22


El gobernador de Guerrero, Héctor Astudillo Flores, incrementó la aprobación de su gestión durante noviembre de 2020, de acuerdo a la empresa consultora Mitofsky.

Según el documento Ranking Mitofsky Gobernadores y Gobernadoras de México, Astudillo Flores recibió el mes pasado una aprobación alta, de entre 59 y 45 por ciento, en relación con su gestión.

De acuerdo al ranking, el gobernador priísta Héctor Astudillo Flores tuvo una aprobación de 53.1 por ciento en noviembre de 2020, que lo ubica en la octava posición a nivel nacional entre los 32 mandatarios estatales. En octubre pasado tuvo una aprobación de 51.6 por ciento, por lo que su calificación fue en ascenso, entre la población consultada.

El último lugar corresponde al gobernador de Morelos, Cuauhtémoc Blanco (Morena), que disminuyó de 18.6 a 18.3 por ciento de aprobación.

El primer sitio es para el gobernador panista Mauricio Vila de Yucatán, con 69.6 por ciento de aprobación en noviembre de 2020.

El gobernador guerrerense Héctor Astudillo se encuentra en el tercer sitio entre los mandatarios priístas, con 53.1 por ciento de aprobación. El primero es Quirino Ordaz de Sinaloa, con 67.5 por ciento.

El punto más bajo en aprobación en la gestión de Astudillo Flores ocurrió en octubre de 2019, donde obtuvo 27.5 por ciento, para ubicarse en la posición 22 entre los gobernadores del país. A partir de entonces, Astudillo Flores ha sumado 12 meses en ascenso.

Actualmente tiene en promedio 53.1 por ciento de aprobación, 44.6 por ciento de desaprobación, y 2.3 por ciento respondió que no sabe, para colocarse en el octavo sitio en el país.

Publicado en Sociedad y Justicia
Martes, 08 Diciembre 2020 03:04

Vacío de autoridad

Si autoridades de altas esferas sostienen a pie juntillas que “gobernar es fácil”, no queda más que concederles la razón, sobre todo si se parte del hecho de que, paulatinamente, los gobernantes dejan en manos de la sociedad civil responsabilidades que a aquellos les corresponden.

Hace unos cuantos días, un grupo de empresas de Acapulco se unió a la iniciativa Código Violeta para combatir la violencia de género.

Se trata de que cada negocio participante coloque fuera de su establecimiento una señal que indique a las mujeres en problemas que en ese sitio encontrarán protección mientras llega la policía para resguardarlas.

Es plausible, desde luego, la colaboración de los hombres de negocios en tan noble cruzada, pero ¿no es responsabilidad de las autoridades policíacas y ministeriales combatir este tipo de problemas?

¿Por qué se agrede a las mujeres? Porque hay una cultura machista, es verdad, pero también porque el Ministerio Público no atiende a las mujeres que interponen denuncia contra quien las agredió.

Si se castigara a homicidas, asaltantes, extorsionadores y demás delincuentes, no habría tanta inseguridad; si se actuara de igual manera contra los transgresores de las mujeres, los ataques no tendrían índices tan elevados.

Pero como no se frena a los delincuentes, no pasa nada; los agresores siguen delinquiendo, y la sociedad tiene que entrar al quite para disminuir el sufrimiento de las víctimas.

Así, cualquiera puede gobernar.

¿Otro ejemplo?

Cientos de familias se vuelcan a las calles y cerros en busca de sus seres queridos, desaparecidos por la delincuencia organizada.

¿Qué tienen que hacer los familiares de las víctimas sacando adelante un trabajo que corresponde a la Fiscalía General del Estado y a la Fiscalía General de la República?

Gobiernos municipales, estatales y federales consideran que hacen un gran trabajo al resguardar a humildes ciudadanos que con machetes, palas y picos hurgan en los montes con la esperanza de hallar los cuerpos de sus familiares.

Incluso, así lo ventilan públicamente haciéndolo aparecer como una gran labor de acompañamiento.

Si el gobierno hiciera su trabajo en vez de concretarse a acompañar a regañadientes, en principio de cuentas, no estaría tan desaforada la delincuencia.

Si no fomentaran la impunidad, ninguna necesidad tendría la gente de abandonar sus actividades para organizarse y buscar a sus desaparecidos, pero como el Estado no hace su trabajo, las víctimas tienen que hacerlo por él.

Así, ¿qué chiste tiene gobernar? n

Publicado en Editorial

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